viernes, 14 de noviembre de 2014

Carmen e Ignacio son hermanos.

        Cuando han pasado casi 365 días de que nuestras vidas cambiaran drástica y radicalmente, aún me resulta imposible hablar en pasado de mi ángel de la guarda. 

        Hoy, en clase de lengua, estábamos corrigiendo un ejercicio sobre 'he' y 'e' en el que aparecía la siguiente oración: 'Diego e Ignacio son primos'. Uno de mis alumnos ha preguntado qué nombre era Ignacio. Yo le he respondido que un nombre propio masculino. Y he añadido: 'Mi hermano se llama Ignacio', a lo que otro alumno ha apuntado: 'Seño, entonces se podría decir que Carmen e Ignacio son hermanos, ¿no?'. 'Sí, así es...'.

Douceur.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Qué le quedaba...?


Cuando llegaba la noche quería no estar en ningún sitio. Quería que ésta pasase rápido para terminar así con sus miedos, sus falsas ilusiones, sus esperanzas en vano... y que llegara otro día. Sin saber por qué, que llegara otro día. Bien para estar más cerca de su fin, más cerca de él, o bien para comprobar que estaría algo más tranquila, más motivada al amanecer. Pero, tristemente, se daba cuenta de que no era así. Todo estaba igual que lo dejó el día anterior: las mismas dudas, las mismas desilusiones, las mismas incertidumbres... 

No sabía qué más hacer, qué más decirse para autoengañarse y crearse irreales sustentos en los que basarse y convencerse de que en ellos encontraría el apoyo suficiente para impulsarse y tirar adelante. Pero se engañaba, nada iba a mejor. ¿Qué le quedaba cuando nada le ayudaba a ver que no volvería a verlo? ¿Qué le quedaba por hacer cuando era consciente de que su vida no tenía sentido así, de esta manera? ¿Cuando todo le suponía un esfuerzo sobrehumano para simplemente nada? ¿Cuando se sentía una molestia, un problema con sus continuos cambios de humor y estados anímicos oscilantes? 

Estaba cansada de luchar, de tirar hacia ningún camino. Le faltaban fuerzas, le flaqueaban las piernas. 

Había perdido la ilusión por tantas cosas... Iba deprisa a cualquier sitio, ya no disfrutaba de largas conversaciones con amigos y familiares. Ya nada era ni iba a ser igual...

En la soledad de sus noches, en la oscuridad de sus pensamientos, en el mar de dudas en el que nadaba para no hundirse y en el que en ocasiones no le importaba hacerlo, se preguntaba hasta cuándo iba a estar así. No le valía ya lo que la gente le decía para ayudarla: tienes que seguir tu vida, no todo va a ser negativo, tienes mucho bonito por descubrir... No se lo creía. No podía más.

Sólo le consolaba las horas en que estaba trabajando. La sonrisa, las preocupaciones y problemas de sus alumnos, el ajetreo de un trabajo en el que intentaba implicarse para no pensar, para no sufrir. Pero era eso, un trabajo, unas horas de una vida llena últimamente de preguntas sin resolver, de ayudas que no eran tal porque no le servían, de planes vacíos de alegría y risas...

Cada día le resultaba más difícil aceptar lo que había sucedido. Cada día que pasaba era más consciente de la realidad y sentía y sufría más la pérdida de este ser tan especial, de este ángel.

Otra Douceur.