¿Crisis económica? ¿Crisis en las entidades financieras? ¿Crisis cultural?
Bueno, un poco de todo. No lo vamos a dudar a estas alturas. Pero la crisis más grave de todas las que nos abordan de unos años acá es la gran crisis de sentimientos y valores. Es la expresión de los pensamientos, de los sentimientos y deseos la que parece que no está, que ha desaparecido, absorbida por esa otra crisis (u otras crisis) que ocupan nuestros informativos con pocas y desesperanzadas esperanzas de salir de esta sociedad del consumismo (a veces sin poder) y del inconformismo de algunos.
¿Que dónde se magnifica sobre todo esa falta de sentimientos hacia los demás? En la edad adulta, sin duda. Porque desde luego no es en la edad infantil, donde todo es expresión de lo agradable, de la ilusión, de las ganas, de la energía, del cariño y del optimismo hacia todos los aspectos de la vida.
El niño no mira si va a recibir algo a cambio de ofrecer su ayuda a un amigo. El niño valora mucho la amistad como para recompensarla con algo material (que si bien es verdad no va a rechazar si se le ofrece, claro está, no es tonto). El niño concede mucha importancia a sus sentimientos, sintiéndose herido si no le hacemos caso o alguien se burla, porque el niño, todavía a cierta edad, no entiende por qué no se le cree o comprende lo que siente. El niño, además de disfrutar de los juegos, de las risas, de los recreos... también sufre mucho cuando se comete alguna injusticia en su ámbito, lo entienda el adulto o no. Porque al igual que el niño manifiesta su alegría, también expresa su dolor, su queja, su pena y su disconformidad con aquello con lo que discrepa, sean o no pequeñeces para nosotros.
Esa es, para mí, la verdadera expresión del valor. El hecho de manifestar y cumplir con aquello que sentimos es algo que está infravalorado cuando, en estos tiempos, debería ser fundamental para salir, quizás, de las otras crisis que no dependen tanto de nosotros. El abrazarnos, el regalar palabras agradables, el disfrutar con una sonrisa, con una conversación banal donde no se ofenda a nadie, donde el único ruido sean unas carcajadas, unos brindis, unas "gracias por formar parte de mi vida",... nos ayudaría mucho en esta época de caras tristes y desilusión para algunos.
Pero parece que cuesta mucho hacer esto a ciertas edades o en según qué circunstancias. Parejas rotas porque no encuentran aliciente a lo que sienten, padres que no saben cómo mantener ilusionado a un hijo cada vez más difícil de motivar (aunque se cuente con la ilusión y alegría innatas), hijos que no reconocen el trabajo y el esfuerzo realizado por sus padres y que ahora deciden que han de vivir sus vidas (sin ocuparse ni un poquito de ellos), cuando sus vidas son "vidas" gracias a aquéllos; programas de televisión basura que sólo contribuyen a alimentar más esta incultura en que vivimos, a hacer destacar a personas que no pueden destacar en ningún aspecto salvo el de la desvergüenza y chabacanería...
Vamos a regalarnos, nosotros que podemos, el don de la facilidad, de lo sencillo, de una mirada hacia lo bonito y lo maravilloso que es vivir, disfrutar de lo poco o mucho que tenemos (una comida que nos ha salido exquisita, un paseo cuando han bajado algo las temperaturas, unas palabras que no se esperan, la melodía de una canción que nos traslade a otras épocas, una flor, un olor agradable...) y sonriamos más, a ver si podemos ahuyentar de este modo, aquello que nos desalienta.
Esta noche he disfrutado de una magnífica luna, inmensa, amarilla, impresionante. No era una luna llena, lo fue hace un par de noches pero, sin ser perfecta, para mí lo era. Maravillosa.
Con cariño, Douceur.
Entrada dedicada a un amigo (de la infancia) con el que he empezado a hablar de crisis de valores. Mucho ánimo en estos momentos, querido compañero de colegio.
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