"Cada uno viaja en su propia montaña rusa...", me comentaban hace unos días.
Y será verdad, no lo niego. Habrá que aprender a permanecer en ella y soportar los descensos inesperados, las caídas en picado y los loopings que, tras una curva veloz, nos tiene preparados y que desestabilizan nuestro recorrido.
Y pensar que no es normal estar siempre arriba; y pensar que, por el contrario, se puede caer; y pensar también que es natural: que bajamos, que subimos, que nos mantenemos en la misma línea y que repentinamente podemos descender para luego ascender hasta esos metros de altura que permiten analizarnos y caer en la cuenta de que en eso consiste esta atracción de riesgo.
Y abandonar la idea de que nos gusta estar siempre arriba o sentir el vértigo cuando caemos, porque así no funciona la vida. Todo pasa (las curvas, los latigazos que propician la velocidad para ascender inmediatamente, las caídas...) y nada permanece. Debemos tomarnos cada etapa como inevitable y necesaria para enriquecer nuestra existencia: si estamos arriba porque necesitamos sentirnos importantes; si estamos abajo para superar con valentía y fuerza ese estado de desánimo; y si nos mantenemos en equilibrio constante para poder relajarnos y saborear ese instante de calma, y aceptar con optimismo aquéllo hacia lo que el vagón de nuestra montaña rusa nos quiera conducir.
A veces tengo la sensación de ir montada en el último vagón de esa montaña rusa: veo lo que les pasa a los que van por delante de mí y en cierto modo, me preparo. No sé...
MONTAÑA RUSA, Amaral
Con cariño, le dedico esta entrada a una alumna a la que tengo especial cariño. Se llama Cristina M., cursa estudios de ESO, y fue alumna mía en primaria durante dos años, cuando yo trabajaba en San Javier. Me dices, Cristina, que sigues mi blog y por eso, porque me hace mucha ilusión saberlo, quiero dedicarte esto hoy para ti. Merci. Avec tendresse.
Douceur.
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