A todos aquéllos y aquéllas cuya única misión en la vida o en sus vidas es desagradar, entristecer, desanimar y ofender a aquéllos otros cuyas misiones en la vida o en sus vidas son sonreír continuamente, agradar y dedicar siempre palabras hermosas, ayudar con actos incondicionales sin ser por ello tontos o ingenuos... va dedicada esta entrada de mi querido blog.
Siempre me han educado en la máxima de no molestar a los demás aún cuando se nos moleste. Casi casi en la medida de la parábola en la que Jesucristo ofrecía la otra mejilla y, al cabo de los años, aunque a veces me ha dolido y me he enfadado conmigo misma por ser como soy, puedo decir que me siento bien siendo y actuando así.
He vivido muchas satisfacciones viendo sonreír a aquél a quien he sonreído o al escuchar unas gracias de corazón por cualquier favor tonto que sin ningún esfuerzo he podido realizar. Me he llevado muchas más sensaciones agradables que desprecios, tristezas, malos momentos y frustraciones que de la otra manera. Y sí es cierto que me he sentido ofendida y frustrada, no por mí, sino por lo que veo a mi alrededor cuando aprecio en el ambiente, en la gente, en las miradas y las palabras que tan alegremente prodigamos, ese odio y ese rencor que a veces nos puede.
Sonará trivial, sí, lo sé. Pero es la base de una buena educación (y la veo a diario en las aulas) enseñar a ser generosos y a ignorar a ciertos individuos que saben que, aunque pongan su empeño en destruirnos, no lo van a conseguir porque el instante de una sonrisa tiene el suficiente valor como para mantener en pie toda esa ingenuidad a la vez que bondad y sencillez.
Dejadme que dedique también esta entrada a mi madre por el día de su cumpleaños que fue ayer, por situarse al otro lado, el lado de las personas agradables, dulces y optimistas.
Douceur.