martes, 24 de marzo de 2020

Diario de mi reclusión. Día 10. Videollamada

Bueno, aquí seguimos. Décimo día confitadas en casa. 

No sé si os pasará como a mí estos días, cuando os levantáis y pensáis: "Otro día igual. Enclaustramiento total, con las rutinas adquiridas desde hace estos mismos diez días. ¿Seré capaz de llegar al último día de esta situación con un mínimo de cordura, con la moral intacta?". Un poco como la peli de El día de la marmota, pero con la gran diferencia de que esto no es una película , aunque contenga todos los matices de la misma. Ésta es la vida misma, la cruda realidad. Así es.

Una vez que te despiertas y comprendes que no hay más remedio que seguir adelante cumpliendo las recomendaciones y algunos días más de encierro, te tomas la jornada como un pequeño avance, una pequeña distancia más recortada hacia la lucecita del túnel que pronto vislumbraremos.

Se oye y se lee mucho actualmente sobre la lección que nuestro querido planeta ha querido darnos a los que en él vivimos con este parón y con este castañazo a nuestras vidas. No voy a hacer críticas sobre lo que me llega acerca de este asunto, pero sí me da que pensar, francamente.

Realmente esto que estamos viviendo se deba a un desajuste a niveles ecológico, económico, de falta de valores, a un exceso del consumismo, a esa celeridad que caracteriza principalmente a los ciudadanos occidentales, y que los humanos no hemos sabido parar a tiempo o no hemos querido parar, conducidos por ese nivel de prisas que nos llevan a ningún sitio. Parafraseando a Víctor Kuppers, como "pollos sin cabeza", andando de un lado a otro sin aportar nada más que estrés y precipitación en muchos ámbitos de nuestra vida, desatendiendo otros más importantes y que conforman la base de una sociedad. 

Yo me quedo con una enseñanza: es realmente una cura de humildad la que nos está dando este virus en toda la cara. No somos seres tan poderosos, ni mucho menos entes indestructibles. Porque hay gente que lo había pensado, ¿o no? Aquí está la prueba, el alto número de fallecidos que se está llevando por delante este bicho. Y no sólo en nuestro país.

En fin. Algo positivo de lo mucho que esta situación nos está enseñando, al menos a mí, es que mi madre ha aprendido una expresión nueva: hacer una vídeo llamada. ¡Qué arte tiene! 


El deseo de vivir es lo que me está matando.

A ese deseo de vivir debemos agarrarnos para no decaer y salir de ésta, que saldremos.

Hasta mañana.

Douceur.




2 comentarios:

  1. Olé tu madre!Y mil gracias por compartir tus pensamientos tan realistas como constructivos y que dan tanto ánimo. Me ha gustado todo muchísimo y me quedo con tu última frase que me ha encantado, a ese deseo de vivir debemos agarrarnos...

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  2. ¡Olé mi madre! Por supuesto. Gracias por tu comentario. Me alegra saber que me seguís y si de camino transmito ánimo, pues doble satisfacción. Pero dejad vuestro nombre o algo con lo que os pueda identificar ��. ¡Gracias

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