miércoles, 1 de abril de 2020

Diario de mi reclusión. Día 18. Risk

Vamos acabando el decimoctavo día de confinamiento. Y, bueno, parece que el tiempo ha mejorado aunque no así, lamentablemente, la situación actual en nuestro país...

Estos días en que tenemos más tiempo para pasar en familia son muy adecuados para pasar las horas jugando a los clásicos  juegos de mesa que yo ahora tanto añoro. Echo de menos esas tardes-noches en mi casa, en Alcalá de Guadaíra, o incluso en Puente Genil de más jóvenes cuando nos juntábamos algunos de mis compañeros para cenar y echar nuestra posterior partida a los juegos que en ese momento tenía a mano.

De los últimos en los que hemos competido recuerdo el Party, del cual la prueba que más odiaba era tener que dibujar con unas gafas naranjas y un lápiz del mismo color que te impedían ver qué estabas trazando. Con lo bien que se me da a mí el dibujo... Y las respuestas disparatadas de mi gente tratando de adivinar qué demonios estaba tratando de dibujar. "Pero, ¿cómo que un perro" ¿Dónde ves tú aquí un perro...?". Otra de las pruebas era el taraoke en la que teníamos que tararear una canción de vete a saber qué época, sin saber a ciencia cierta cuán bien cantaban mis amigos ni lo que desafinaban. 

La torre infernal o Jenga es otro de mis clásicos. "Bueno, ¿qué? ¿Saco ya la torre?". Cuando pensabas que la torre no resistiría el paso a un jugador más, daba para un turno entero y te tocaba de nuevo a ti manteniendo el equilibrio sobre una pieza de madera en la base y retorcida conforme iba ascendiendo. Qué odisea y qué nervios hasta que se desmoronaba.

De los últimos juegos a los que he jugado ha sido hace relativamente poco tiempo con una de mis sobrinas. El juego cuyo nombre no recuerdo ahora, consistía en poner nata en el extremo de una pequeña catapulta y tu cara justo enfrente apoyando la barbilla en un pequeño soporte. Y el azar hacía el resto. Es decir, los pocos o muchos conocimientos que tuviéramos no nos servían de nada en este juego porque no había que responder a ninguna pregunta para librarte del lanzamiento de susodicho producto lácteo. Sólo había que cruzar los dedos para que no se accionara la palanquita cada vez que le dábamos al botón en cuestión. Ah, y cerrar los ojos (pero abrir la boca) por si la nata se colaba en ellos. Menuda gracia pero qué divertido a decir verdad. Divertido sobre todo para ella cuando me salpicaba a mí, claro...

Y si me preguntáis por mi juego preferido no tardaría en responderos que para mí el mejor juego y con el que me he reído más que con ninguno otro (incluido el Enredos, donde me era muy complicado no reírme desde el inicio del juego) es con un juego creado en familia. De ahí también lo que supone de especial para mí. El nombre lo inventamos sobre la marcha y se terminó denominando El juego del diccionario, sí, y nos quedamos tan anchos. Este juego consistía en escribir en un folio una definición inventada a partir de una palabra dada cuyo significado no conocíamos de antemano. El jugador que "se la quedaba" copiaba la definición correcta del diccionario sobre su hoja. Cuando todos terminábamos, se la entregábamos y este jugador las barajaba. Y empezaba a leer todas las definiciones seguidas. Al final teníamos que decidir cuál creíamos que era la correcta. Y votábamos siempre pensando en la correcta, cuando en realidad era la que había escrito mi padre o mi cuñada o mi sobrina. Y la verdadera era la que menos esperábamos. Este juego lo he puesto en práctica con mis alumnos en clase varios años y ha resultado muy gratificante ver cómo los alumnos trabajan la expresión escrita, amplían su vocabulario y se divierten al mismo tiempo.

Éste es el juego favorito también de mi sobrina mediana. Siempre que estábamos juntos en familia, ella nos pedía jugar al diccionario. Se divertía mucho (igual que todos nosotros) cuando leíamos alguna definición escrita adrede para reírnos, del tipo: "Dícese del aparato que usa la abuela para preparar la mayonesa", y la consecuente pregunta: "Pero, ¿quién ha escrito eso?", partidos de la risa.
Muy buenos e inolvidables momentos. De hecho, aún guardo los folios de los jugadores de unas últimas partidas muy especiales para mí. 

Hay tantos juegos de mesa que hablan tanto de mí como de mi infancia que haría eterna esta entrada si siguiera hablando de ellos. De momento, os dejo echando una partida de risk. Era obvia la canción hoy...


Hasta mañana.

Douceur.








2 comentarios:

  1. Qué nostalgia de esos juegos! Preciosos y valiosos momentos por ser tan divertidos y que suceden con amigos y familia...¿Qué se puede pedir más? Risas, felicidad, familia, amistad, reunión, estar juntos, compartir, pique del bueno y del malo jeje.. momentos maravillosos que nos quedan en la mente para siempre. UN ABRAZO AMIGA

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  2. No los cambiaría por nada. Gracias por tu comentario, AMIGA. Otro abrazo para ti.

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